Como es arriba es abajo
Martin Anello
Madrid, Octubre 18 de 2006

La ley de correspondencia es una de las Siete Leyes Universales que generosamente nos recordó Hermes para que pudiéramos entender muchos de los acontecimientos que pasan en nuestras vidas, como así también para comprender nuestra realidad circundante.

El átomo y la galaxia, son quizás la apreciación más significativa de lo que este enunciado representa; y considerando que ambos sistemas no son perceptibles a nuestra vista física, hemos tenido que realizar un gran esfuerzo por corroborarles, con el único objetivo de develar el origen divino de nuestro Ser, en una búsqueda de proyecciones tanto internas como externas.

En el Universo todo se corresponde, y nosotros como parte vibrante dentro del Todo no somos excepción.

Es casi inexpresable el concepto que despierta la conciencia del ocaso, y no solo me refiero al bello, placentero y extasiante paisaje de una puesta de sol, sino precisamente quizás a su connotación intrínseca que representa el paso del día a la noche.

Día y Noche; las dos caras de Dios, uno liberando los poderes creadores y otra recogiendo el fruto de su creación.

Que maravillosa la posibilidad que tenemos de crear, y cuan meritoria y misericordiosa la oportunidad de recoger nuestras creaciones. Nos han enseñado los astrónomos que una estrella nace de una explosión y comienza a atraer hacia sí todas las partículas de materia necesarias para su desarrollo. Transcurrido millones de años nuestra estrella permanece aparentemente igual, sin embargo poco a poco, muy lentamente ha comenzado su expansión hasta que un día nuevamente y como al principio estalla.

Nosotros venimos a la encarnación con todo el frescor de la mañana, limpios, puros y con un potencial enorme para expandir nuestra conciencia. Infinidad de decisiones marcaran nuestras existencia, y en todas tendremos una oportunidad de aprender, para ascender un peldaño más en nuestro camino de regreso hacia nuestro Ser Supremo. Y llega un día, en cual la imagen de las últimas horas del atardecer impregnan nuestros sentidos, es el momento de revisar la obra que con tanto amor decidimos ejecutar.

Festejamos el nacimiento, la posibilidad que tiene un alma de continuar con su aprendizaje encarnado en la Tierra, sin embargo nos entristecemos hasta las lágrimas ante el tránsito inverso que llamamos muerte. En nuestras mentes finitas no podemos comprender el concepto de Eternidad, y por tal motivo al considerar el hecho de haber tenido un principio, inexorablemente, tenemos que tener un final; todo lo que contemplamos a nuestro alrededor lo tendrá.

La Madre Divina Cósmica como creadora de la manifestación tiene que en sí misma recoger su creación para así en la noche coger fuerzas hacia una nueva expresión; y así nosotros al continuar nuestro camino en la invisibilidad de nuestros sentidos externos, recogeremos toda nuestra experiencia terrena para capitalizarla y así en la próxima venida tener un poco mas abierto nuestro horizonte de posibilidades.