¿DE QUÉ ME SIRVE MEDITAR?
Por Sebastián Wernicke


Consulta: Tengo entendido que el propósito del tipo de meditación que estoy practicando es para intentar vincularme con mi Cristo Interno, para que me dé las cualidades de los 7 Aspectos de Dios, para mí y los demás, y que de esta manera se manifieste el Plan Divino de Perfeccion. Si no esperara algo de mis meditaciones, ¿por qué las haría?

Respuesta: ¿Cómo puedes esperar lo que no conoces? ¿Cómo puedes esperar contactar a tu Presencia Yo Soy si no sabes de ella más que por lo que dicen los libros u otras personas? ¿Cómo puedes esperar que suceda lo desconocido? La vida es una aventura de la que no se puede esperar algo conforme a nuestros patrones mentales, porque luego viene la vida y los desbarata. Sí puedes tener esperanza que te va a suceder algo bueno, pero no puedes saber qué y cómo va a suceder.

Puedes saber que la meditación conciente va a forzar el acercamiento inevitable a tu Ser Superior, pero no puedes esperar de ella algo en particular, de acuerdo a tus ideas de lo que es meditar y lo que tiene que suceder. Lo irás descubriendo a medida que avances. Todo lo que se ha escrito sobre meditación no otra cosa que las vivencias de quienes han avanzado por ese camino. Tal como si te contara mi último viaje a París. Pero tú no puedes “esperar” que te sucedan las mismas cosas que a mí en el viaje, que te atienda la misma azafata en el avión o que te toque el mismo plato de comida en el restaurante. Te leerás un libro en donde el autor relata sus andanzas, pero no puedes seguir sus pasos, ya que tendrás que hacer tu propio camino al andar. Sí puedes tener esperanza de que todo va a salir bien y que tendrás la vivencia que tú necesitas tener de acuerdo a tu estado de conciencia.

¿Puede uno hacer un esfuerzo por desarrollar los Aspectos de Dios, virtudes que uno desconoce porque no las ha desenvuelto? ¿Cómo hace uno para hacer lo que nunca ha hecho ni sabe qué es? La Inteligencia Divina nos guía en el proceso de crecimiento tal como a una flor o a los niños. Un niño no hace un esfuerzo por ser grande, sencillamente el tiempo y las vivencias van desenvolviendo en él la conciencia, y de acuerdo a la educación que reciba y a la canalización positiva de sus energías, que dependen mucho de un medio ambiente adecuado y de una docilidad para seguir los impulsos del Cristo, el niño se va transformando en hombre. De la misma forma el hombre se va transformando en súper hombre, para llegar a ser un día Maestro Ascendido.

La meditación no es cerrar los ojos y no hacer nada, sino observar, percibir, sensibilizarse. De momentos la atención está puesta en el mundo, y la plena observación y percepción del mundo es meditación. En otros momentos llevamos la atención hacia dentro, a nuestro mundo interior, y la buena educación que recibimos de los verdaderos Maestros nos enseña a canalizar positivamente nuestras energías hacia lo más alto de nuestro Ser. Aunque los ojos estén cerrados, hay observación, percepción y sensibilidad, pero en especial un silencio y una quietud del mundo externo que nos permite percibir el mundo interno, completamente desconocido para nosotros, por el que iremos avanzando en percepción y mayor conciencia como un explorador avanza por una jungla virgen.

Finalmente, ¿por qué hacemos las cosas? ¿Las hacemos porque esperamos algo a cambio? ¿Quién es el que espera algo a cambio? Por supuesto, nuestra personalidad. La personalidad quiere volar, y se acerca arrastrándose por el suelo a las escuelas que supuestamente enseñan a meditar, esperando que le crezcan alas mágicas en las espaldas. La meditación no es una tienda donde se compran alas, ni una técnica para que ellas crezcan a través del esfuerzo y la disciplina externa. Meditar es tejer un capullo de seda, de Luz, alrededor nuestro, en el cual nos sellamos, para convertirse en la tumba de nuestra personalidad, dentro de la cual el gusano se transfigurará en una mariposa alada que irradiará los Siete Aspectos de Dios como Rayo de Luz hacia todas partes, Rayos que se desprenderán de nuestro corazón conformando alas de Luz con las cuales nos elevaremos al Reino de los Cielos para permanecer allí por siempre.