De carne y hueso
Juan RodríguezHace par de años, Rubén se encontraba en mi casa en el mes de diciembre. Nos sentíamos muy contentos porque, además de las conferencias que él estada dando en Manhattan, teníamos organizado un congreso de Metafísica en el Gran Cañón de Arizona. El Grupo de Nueva York tenía a cargo la planificación de este evento.
En medio de esa vorágine que vivíamos, debido a la coordinación de tantas actividades, recibí una llamada de mi mamá informándome que mi papá había sufrido un ataque cardíaco. La escuché en silencio y cuando colgué el teléfono, me senté en el piso a llorar desconsoladamente. Era la primera vez que a uno de mis padres le pasaba algo tan grave.
Con la voz entrecortada le conté a Rubén lo que sucedía, pero no pude seguir hablando porque me ahogó el llanto. Él me preguntó por qué lloraba, y al ver que no podía contestar, me preguntó si no quería que mi papá se muriera. Le contesté que no. La verdad es que no deseaba que muriera, ya que todavía me faltaban cosas que resolver con él.
Como mi papá no dio señales de mejoría, lo tuvieron que poner en la unidad de tratamiento intensivo. Hablaba con mi mamá a diario mientras seguía trabajando y echando hacia adelante las actividades de Metafísica. Mis padres sabían de mi viaje a Arizona y la responsabilidad que tenía.
Un día Rubén me vio tan mal que me sentó en la cama y me dijo que me liberaba del viaje y si deseaba irme al lado de mi papá, me fuera con tranquilidad. Rubén validó mi dolor y comprendió que era un ser humano de carne y hueso. Nunca se me ha olvidado ese momento. Por otro lado, no era la primera vez que coordinaba un congreso y sabía perfectamente toda la ayuda que se necesitaba.
Causalmente, antes de tomar una decisión, mi mamá me llamó para decirme que mi papá deseaba que me fuera a Arizona. Así tomé la decisión de seguir con los planes del viaje. Cuando le informé a Rubén mi decisión, por supuesto, se alegró, y me dijo algo muy hermoso: “Mientras estes trabajando en el congreso, Dios no permitirá que a tu papá le pase nada”. Así mismo sucedió.Terminé el congreso y me fui a ver a mi papá. Inmediatamente se decidió que había que operarlo del corazón. Echándole mano a todas las herramientas que la Metafísica me ha había dado en tantos años, lo puse todo en las manos de Dios. Rubén me llamaba todos los días para aconsejarme y ofrecerme palabras de aliento. No sabría cómo pagarle su apoyo y guía durante esta experiencia que atravesaba por primera vez. Gracias a Dios, mi papá superó la operación.
Aunque no me sorprendió, Rubén siempre aceptó todas las decisiones que tomé. Nunca, ni tan siquiera con un gesto o una mirada, me sugirió lo que debía de hacer. Jamás me hizo sentir que era menos espiritual por haber expresado mis sentimientos. Siempre me demostró que comprendía que trabajaba la situación desde el nivel de conciencia que tenía. Frente a mi dolor, mi sufrimiento y mis momentos de desesperación, me respetó como un ser humano.
Cuento esta experiencia porque existen algunos metafísicos que se olvidan que nosotros somos de carne y hueso. Que no vivimos la vida sólo desde el punto de vista mental, intelectualizando y racionalizándolo todo, sino que tenemos sentimientos y los expresamos libremente sin temor a que los demás piensen que somos menos espirituales. La mente es totalmente fría y calculadora, y ella sola no puede hacer el trabajo. Se necesita un corazón.
En esta situación con mi papá pude repetirme que la muerte no existe y ocultar mis verdaderos sentimientos para engañarme o engañar a otros. Pero, ¿para qué mentir? Sé que la muerte no existe- fue de las primeras cosas que aprendí en la metafísica- pero es una de las tantas verdades que he ido interiorizando poco a poco. No deseo presionar nada en mi proceso de desenvolvimiento interior sólo para que los demás piensen que estoy adelantado espiritualmente. ¡Sería un craso error!
Las herramientas metafísicas nos ayudan a vivir con más control de nuestros pensamientos y sentimientos. Nos liberan de muchas ideas falsas y conceptos erróneos que nos hacen sufrir. Más importante aún, hacen que cada día enfrentemos menos conflictos y problemas. Pero el día que hay que reir, se ríe, y el día que hay que llorar, se llora. Sólo expresando lo que honestamente sentimos nos podremos dar cuenta de lo que necesitamos mejorar o cambiar. Si nos engañamos, nos estancamos.Algún día, si lo deseamos, nos convertiremos en Maestros Ascendidos. Ya no necesitaremos tener una personalidad y, por consecuencia, no tendremos que lidiar con los sentimientos humanos. Hasta que ese día no llegue, la personalidad será el único vehículo de evolución de nuestro Espíritu. Lo que significa que no importa cuán maduros estemos espiritualmente, expresaremos cierto grado de dolor, sufrimiento e imperfección.
La Metafísica nos enseña a ser compasivos y misericordiosos, o sea, a ponernos en los zapatos de los demás para comprender la miseria humana. Si una persona sólo acepta la parte espiritual de otra, rechazando así su personalidad, bajo ninguna circunstancia asume una actitud compasiva. De hecho, sería una crueldad condicionar a un ser humano a que no exprese su personalidad. Es como exigirle a alguien que deje de ser lo que es.
Borremos de nuestra mente intelectual la creencia que para madurar espiritualmente, se deben esconder los sentimientos y se debe detestar la personalidad. Somos una totalidad. Todos nuestros cuerpos (físico, etérico, astral, mental, búdico, átmico y monádico) evolucionan simultáneamente. No se desarrollan al mismo nivel pero todos cumplen una función vital. Si alguno no hiciera falta, no lo tuviéramos.
¡Vivamos! ¡Evolucionemos! Pero hagámoslo libre de represión, engaño y manipulación. Sólo un corazón puro y honesto, y no una mente intelectual y orgullosa, gozará de las maravillas que el Padre nos tiene guardadas celosamente.