EL HIJO PRODIGO

Juan Rodríguez

“Porque este mi hijo muerto era y ha revivido;
se había perdido y es hallado”.
Lucas15:23

Después de haber estado en Nicaragua, escuchando a tanta gente añorar los tiempos en que el Prof. Rubén Cedeño los visitaba y quedaban llenos de tantas maravillas y tanta alegría, pensé inmediatamente en la parábola del hijo pródigo narrada en el Evangelio de San Lucas 15:11. Aquí se nos explica hermosamente que cualquier ser humano puede darse cuenta de que ha cometido un error y enmendarlo, si lo desea, regresando a su casa.

La parábola del hijo pródigo cuenta que un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le pidió sus bienes y decidió irse a vivir a una provincia apartada donde eventualmente desperdició todo lo que se le había dado. Allí pasó grandes penurias, hasta no tener ni comida de cerdo para mitigar su hambre. “Volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí parezco de hambre!” Así reconoció su error y decidió regresar a su casa. Cuando su padre lo vio, corrió hacia él, lleno de misericordia, lo abrazó y lo besó. El padre le dijo a sus siervos: “Sacad el mejor vestido y vestidle; y poned un anillo en su dedo y calzado en sus pies.” El hermano mayor, quien había permanecido trabajando con su padre sin gozar de sus bienes, se enojó mucho al ver la gran fiesta. Su padre le explicó sabiamente: “Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha revivido; se había perdido y ha sido hallado”. ¡Qué hermosa lección!

Existen personas que por diversas razones han traicionado o abandonado a su facilitador. Algunas no han tenido el suficiente valor (o la suficiente claridad mental) para enfrentarse cara a cara con la persona que les ha facilitado la Enseñanza, a veces por muchos años, y le han dado la espalda sin decirle una sola palabra. Otros sólo han podido enviar un correo electrónico con supuestas palabras de agradecimiento y cariño, como si ésto sustituyera el método más eficaz de comunicación que ha existido en la historia de nuestra tierra: el diálogo. Estas personas representan la conciencia humana (imprecisa, materialista, imperfecta, inarmoniosa, confusa, etc.) del hijo menor de esta gran parábola. Porque el hijo pródigo no era malo, lo que sucedió fue que se dejó arrastrar por su naturaleza humana y le permitió a su personalidad reinar por encima de su Presencia YO SOY.

Hace muchos años, me traicionó una señora que me ayudaba a facilitar la Enseñanza en un grupo que sostenía los sábados en New York. Ella llamó a todos los estudiantes y le contó cosas de mi vida personal que eran mentiras. Mucha gente le creyó, se aliaron con ella y me abandonaron sin decirme ni tan siquiera “gracias”. Hice silencio y no me defendí. A los pocos meses, la hija de esta señora tuvo un accidente automovilístico que requirió que ella se fuera de la ciudad. Justamente al año recibí una carta de ella reconociendo el error que había cometido y pidiéndome perdón. Lamentablemente, nunca pudo volver a sus clases, y quizás perdió la única oportunidad que le dan a un alma para servir a la humanidad en una encarnación.

Los dos hijos de esta parábola representan la lucha en la que muchas veces vive la conciencia humana (hijo menor) y la conciencia espiritual (hijo mayor). El hijo mayor, quien decidió quedarse con su padre y trabajando en el campo, es la conciencia que vive anclada en la Presencia YO SOY, y no es movida tan fácilmente por cualquier tormenta. También representa al facilitado que está muy contento en su grupo, recibiendo sus clases, y no decide abandonarlo por cualquier problemilla que pueda surgir, especialmente entre las personalidades humanas.

El hijo menor se va a vivir a una provincia apartada, o sea, pierde su conciencia espiritual y sufre de la ausencia de los siete aspectos de Dios. El representa a la persona que se deja engañar y confundir, manifestando en su vida una terrible ausencia de amor y alegría. En otras palabras está “muerto”, e ignora que sigue la personalidad de otro ser humano, que es la única fuente de todo su sufrimiento. Es la persona que abandona su Fuente con todos sus “bienes”, creyendo poseer entre esos bienes una Enseñanza superior, que más tarde se le hace sal y agua, de la misma manera que el hijo pródigo despilfarra sus bienes en un santiamén.

La belleza de esta parábola está en el regreso del hijo pródigo a su casa, que no necesariamente tiene que ser a un lugar específico o una persona específica, sino que simboliza la recuperación de la conciencia espiritual. Ya estando en esta conciencia se observan claramente las cosas, se conoce porqué se cometen los errores y se pide perdón. Ésto lo puede hacer cualquier alma en cualquier momento que se hace consciente de que ha cometido un error. No importa el tiempo que haya pasado porque en el Espíritu el tiempo humano no existe.

De más está decir que todo el que regrese será recibido con besos, abrazos y, por supuesto, una gran fiesta.