ELMÁS PURO AMORJuan Rodríguez
Al detenerme frente a la primera basílica dedicada a la Virgen de Guadalupe, a explicarle a los doce estudiantes que me acompañaban por qué estábamos allí, inmediatamente entré en contacto con el campo de fuerza de la Madre Tonantzin.
Los aztecas comenzaron a construir este campo de fuerza adorando a Tonantzin, diosa de la tierra y fertilidad. Su templo estaba en la cima del Tepeyac, donde el Emperador Moctezuma II recibió a Hernán Cortéz, al llegar a la capital azteca de Tenochtitlan. Cuando los españoles lo destruyeron, pusieron en su lugar una pequeña estatua de Nuestra Señora de los Remedios. En el año 1531, en este mismo lugar, se le apareció a Juan Diego la Señora Coatlaxopeuh, hoy conocida como la Virgen de Guadalupe.
Después del Vaticano, este es el santuario mariano más visitado por todos lo católicos del mundo. Todo este caudal de oraciones y bendiciones que ha recibido este sagrado lugar a través de los siglos, ha permitido que la Madre Tonantzin continúe sosteniendo su campo de fuerza con absoluta pureza.
Al entrar a la moderna e impresionante basílica, quedé completamente bañado de la radiación de la Madre Tonantzin, y mi respuesta inmediata fue echarme a llorar como un niño. De hecho, estuve llorando inconsolablemente hasta que llegué a la Capilla del Cerrito en la cima del Tepeyac. De la Madre Tonantzin, recibí el más puro amor, el cual no puede ser descrito con ninguna palabra elaborada por la finita mente humana.Muchas veces por la presión del plano de la materia buscamos todo tipo de amor, especialmente el amor de una pareja. Nuestra vida gira alrededor de ese deseo porque estamos convencidos de que es lo único que nos hace falta para ser completamente felices. Pero este puro amor que sentí frente a la imagen de la Madre Tonantzin, es el que he buscado desde que nací y deseo que algún día llene mi vida para siempre. Aquí, en absoluto silencio, me sentí completamente bienaventurado.
El grupo que me acompañaba asumió la subida al Tepeyac con gran devoción y respeto, evidenciando que tenían consciencia de que nos encontrábamos en un lugar sagrado. En la Capilla del Cerrito nos arrodillamos frente al altar para hacer una invocación a la Madre Tonantzin, agradeciendo que nos hubiera permitido contactar su más puro amor. Le entregamos simbólicamente nuestros corazones para que los hiciera amorosos, caritativos, compasivos, misericordiosos y perdonadores. Al final de la invocación, nadie quería despegarse del altar.
Después de terminar el recorrido del hermoso lugar, volvimos a la nueva basílica para contemplar el ayate que la Madre se encargó de impregnar con su imagen como prueba incuestionable de su más puro amor. Me dirigí hacia el altar mayor para hacer una última oración, sin poder salir del impacto de todo lo que vivía. No había quedado ni una sola partícula de mi ser que no se hubiese impregnado del incondicional amor de la Madre Tonantzin.
Caminando hacia la salida, algo hizo que me fijara en cada una de las caras de las decenas de personas que estaban sentadas en la inmensa basílica. Observé que cada una de ellas estaba llena de dolor, tristeza, angustia o cansancio. Aunque lo intenté, no encontré ni una sola pequeña sonrisa dibujada en un solo rostro.
En la Nueva Era, el culto a la Madre Tonantzin deber ser asumido con inmensa alegría, siempre recordando que Ella nos ofrece su más puro amor. Ya no es posible que en Su templo haya tristeza, quejas y dolor, ya que aún en medio de los aparentes problemas que generamos en nuestro diario vivir, la Madre nos ofrece su poder curativo y protector. Saber ésto, sólo debe producir alegría.Las palabras que la Madre Tonantzin le dijo a Juan Diego, al verlo sumergido en la preocupación que le causaba la enfermedad de su tío Juan Bernardino, son claves para comprender Su esencia protectora: ¿De qué te preocupas?, ¿Acaso no soy yo tu madre? Estas palabras retumbaron en mi mente durante mi estadía en este país mágico.
Dentro de la basílica también observé personas entrando de rodillas, rezando en voz alta, llevando flores al altar, lo que son manifestaciones de devoción admirables, pero que no sirven para nada si no comprendemos y practicamos el amor compasivo y perdonador de la Madre.
La Madre Tonantzin se encarga de derramar Su más puro amor a toda alma que sinceramente desea entrar en Su campo de fuerza. Como gran recompensa, los corazones de estas almas recibirán el único amor que no condena, separa, divide, destruye, juzga ni rechaza.
Mientras meditaba en todas estas verdades, distinguí la gigantesca pancarta que colgaba del altar mayor, con las palabras de Su Santidad Juan Pablo II: “Desde que peregriné por primera vez al espléndido santuario guadalupano el 29 de enero del 1979, ella ha guiado mis pasos en estos casi 23 años de servicio como Obispo de Roma y Pastor Universal de la iglesia. A ella camino seguro para encontrar el Cristo… Quiero invocarla como Estrella de la Evangelización confiándole la labor eclesial de todos sus hijos e hijas de América.”
Es a través del más puro amor que se logra despertar el Cristo. Este despertar permitirá que se produzca en nuestro interior un genuino deseo de servir a los demás. Pero para poder servir, es vital desarrollar el más puro amor de la Madre. Ésto fue lo que aprendí en el Templo de la Madre Tonantzin.