LA ESCALERA SANTA
Juan RodríguezCuando llegué a la Escalera Santa en Roma, por donde un ensangrentado Jesús ascendió para enfrentarse a Pilatos, jamás imaginé el impacto que tendría en mí. La escalera de mármol tiene veintiocho escalones (actualmente cubiertos de madera para evitar su desgaste) que los devotos suben de rodillas, en un acto de fe y devoción digno de admiración.
Comencé a subirla detenidamente, ya que estaba solo en el lugar. Cada escalón que subí hizo que se estremeciera una fibra de mi ser. Sentí ganas de echarme a llorar como un niño. Fue algo inexplicable, pero la energía del lugar movió fuertemente mi interior.
Subiendo la escalera, vi reflejada muchas escenas de mi propia vida. La escalera es la vida, con sus altas y bajas, tropezones y caídas, pero también con la cosecha de triunfos. Lo importante no es subir, bajar o caer sino levantarse como Jesús lo hizo tres veces. No es sólo levantarse del piso cuando uno se ha caído y lastimado, sino elevarse emocional o mentalmente sobre los problemas del diario vivir. La escalera siempre conduce a uno hacia arriba.
En la escalera todavía estan las manchas de sangre de Jesús. Concientizé observádolas lo que Jesús sufrió el día que la ignorancia de la humanidad lo condenó a muerte. Hay que ser valiente y tener una gran fortaleza interior para soportar el peso de esa ignorancia, que a veces nos quiere hundir en las cosas menores a la Perfección de Dios.
Los que hemos sentido en carne propia el rechazo, la condenación e insensibilidad de nuestros congéneres, podemos identificarnos con el dolor de Jesús. También, sabemos que ha sido este mismo dolor el que nos ha hecho tremendamente sensibles al dolor ajeno, por eso ha sido una gran bendición.
En cada peldaño de esta escalera sentí a un Jesús triunfante, amoroso, perdonador e incapaz de juzgar a su más acérrimo enemigo. No existe ninguna justificación para no perdonar. ¿Habrá en el mundo alguna lección más grande que ésta? Créanme, no la hay. Por eso vine a esta escalera a reflexionar sobre todo ésto.
Bajando por una escalera lateral, me encontré con Marcello, el fraile Pasionario de Jesús que custodia estrictamente el lugar. Le pregunté si podía tomarle una foto a la escalera y me contestó afirmativamente. Así aprovechó para explicarme amablemente el significado religioso de la escalera, ofreciéndome datos sobre su historia.
Me invitó a que la subiera pero le dije que ya lo había hecho. Completamente sorprendido, me preguntó si lo había hecho de rodillas, ya que era la única forma en que estaba permitido hacerlo. Al contestarle que lo había hecho de pie, su rostro amable y alegre cambió drásticamente. Muy molesto me dijo que no se había dado cuenta. Me repitió varias veces que a nadie se le permitía hacerlo de pie porque era sólo de rodillas que se podía percibir la Pasión.
Lo miré fijamente a los ojos sin decir ni una sola palabra, enviándole un torrente de amor. Después de mi silencio, me dijo tierna y resignadamente: “Creo que hiciste lo que te dictó tu corazón”. Asentí con la cabeza y seguimos conversando por un largo rato.
Al despedirme, le pedí que me diera su bendición. Se sonrío tímidamente y me dijo que todavía le faltaba un año para ser ordenado. Cuando finalmente nos abrazamos, me dijo con sinceridad: “Juan, reza por mí”. ¡Qué bendición!Juan Rodríguez, trabajador social puertorriqueño. Imparte clases de Metafísica en New York y New Jersey. www.metafisicany.com