Londres
Juan RodríguezSiempre había resistido viajar a Europa por un fin de semana porque pensaba que era una pérdida de dinero. Sin embargo, cuando mi compadre me ofreció un pasaje redondo a Londres, hotel por tres noches y desayunos por $441, no pude resistir la tentación de viajar. Mientras me explicaba la oferta por teléfono comprendí que debía ser un regalo de Dios.
Dentro del avión me percaté que el número de vuelo era el 100. El vuelo del UNO. Sin duda alguna, era la Voluntad de Dios que se había encargado de que pisara por cuarta vez este país de Primer Rayo, donde los Maestros se han manifestado grandemente en su larga e importante historia. Ni hablar del trabajo que hicieron dentro del movimiento teosófico fundado por Madame Blavatsky y el Coronel Olcott en el año 1875. En Londres, los Maestros dejaron Sus huellas en documentos, monumentos, y en los espacios etéreos que el simple ojo humano no es capaz de ver.
Llegué un jueves a las seis de la mañana. El día estaba completamente soleado y presentaba las condiciones perfectas para caminar. El hotel estaba justamente detrás del Museo Británico, y a pasos de la Universidad de Londres. El vecindario, conocido como “el corazón académico de Londres”, era el mismo que una vez tuvo como residente a la famosa escritora Virginia Woolf. Estaba rodeado de sabiduría, la que absorbía conscientemente caminando por las calles llenas de librerías y espacios para aprender.
La primera visita fue a la Vieja Iglesia de Chelsea (Chelsea Old Church). Este pequeño tesoro se encuentra en una zona repleta de pequeñas boutiques de los mejores diseñadores del mundo. En esta iglesia el Maestro El Morya, en su encarnación como Tomás Moro, tuvo una capilla privada donde venía frecuentemente con su familia. La capilla fue reconstruida por el propio Maestro en el año 1528. Durante el bombardeo de 1941 fue la estructura que menos daños sufrió. El resto de la iglesia quedó hecho añicos. Aquí también se encuentra la tumba que Tomás le construyó a su primera esposa.
Tomás Moro nació en Londres en el 1478. Se distinguió como abogado, político, filósofo y autor. Ostentó el título de Lord Canciller de Inglaterra. Fue íntimo amigo del rey Enrique VIII, quien ordenó su decapitación cuando se opuso a su casamiento con Ana Bolena.
Cuando Moro rehusó firmar el Acta de Sucesión, que establecía que los hijos de Enrique VIII con su segunda esposa, Ana Bolena, eran herederos legítimos del trono, Enrique lo sentenció a muerte. Sabiendo que perdería la vida, Santo Tomás dijo: “Muero como buen sirviente del rey, pero Dios es lo primero.”
La estatua del Santo que está en los jardines de la iglesia es hermosa. Refleja la fuerza que deplegaba este ser que vivió una vida caracterizada por la integridad. Su fiesta se celebra el 22 de junio.
En la Biblioteca Británica (British Library) se encuentra la carta original que Tomás le escribió a Enrique VIII oponiéndose a su autoproclamación como Jefe Supremo de la Iglesia.
Dios me bendijo con la oportunidad de llegar a este sagrado lugar, precisamente el día de Acción de Gracias. En la Capilla de Tomás Moro elevé oraciones de agradecimiento a Dios por permitirme vivir tanto en cuarenta y un años de vida. La energía que se siente en esta capilla es maravillosa.
Al siguiente día amanecí en la Biblioteca Británica, el edificio más grande que se construyó en el Siglo XX. Si uno viera cinco objetos en un día, tomaría aproximadamente 80,000 años en ver la colección completa. Me impresionó muchísimo su moderna arquitectura. La estatua de Newton en la plaza me fascinó. ¡Cuánta Luz! ¡Cuánta Sabiduría! Es tanta que se percibe fácilmente.
Llegué hasta aquí con el único propósito de ver las Cartas de los Maestros. Confieso que fue la verdadera razón por la cual acepté venir a Londres. El proceso para verlas es simple aunque dura aproximadamente dos horas. El corazón me palpitaba a cien millas por hora esperándolas. Había soñado tanto con este momento.
Cuando al final de la primera carta mis ojos se encontraron con la firma de Koot Hoomi (Koot Hoomi Lal Sing), las lágrimas quisieron ser testigos del sublime momento. No estaba aquí para confirmar la existencia de los Maestros. Ni mucho menos para debatir la autenticidad de las cartas. Allí me había llevado el amor que he desarrollado hacia estos Seres de Luz que han trabajado tanto por nuestra amada Tierra.
Después de un “coffee break” me fui a ver la colección permanente de objetos importantes y valiosos del mundo. La Carta Magna, la Biblia de Gutenberg (su primer libro impreso), el primer folio de Shakespeare, trabajos originales de Virginia Woolf, las libretas de Leonardo da Vinci, etc. Un caudal de sabiduría. Se justifica cualquier inversión de dinero para poder ver esta colección, aunque sea una sola vez en la vida.
Estar en Londres y no ir al teatro es imperdonable. Conseguí un boleto para la última sensación londinense: “Bombay Dreams”. Un musical presentado por Andrew Lloyd Webber que me hizo reir y llorar un poco. La música, escenografía y coreografía fueron espectaculares. Me transporté a mi querida India. El tema central del musical es la lucha entre el Bien y el mal (las consecuencias del amor y el odio en el ser humano). El público salió bailando y tarareando las pegajosas melodías.
El tercer día amaneció lluvioso y brumoso. Pero me hacía falta saborear un típico día londinense. Temprano en la mañana me dirigí hacia el Observatorio Real en Greenwich, conocido como “el hogar del tiempo”. Este suburbio es hermosísimo.
Me encontraba en el hogar del Primer Meridiano del mundo. Todo el tiempo y espacio es medido relativamente a la Longitud Zero (000°00’00’’). El GMT, Greenwich Mean Time (Hora Media de Greenwich), es la base para el Tiempo Internacional.
Me tomaron una foto donde me encuentro pisando el Oeste y el Este al mismo tiempo y compré un certificado que establece que estuve allí el 29 de noviembre del 2003 a las 12:34:1941. ¿Habrá hora más exacta?
Terminé el día en la Catedral de San Pablo. Era un deseo que surgió tan pronto se confirmó el viaje. Me detuve debajo de su impresionante cúpula donde hacía años un grupo de metafísicos habíamos hecho unos poderosos decretos, dirigidos por nuestro amigo Rubén Cedeño.
Aproveché para contemplar la pintura La luz del Mundo hecha por Holman Hunt. Me había impactado mucho el día que la vi por primera vez. Hunt se inspiró en Revelaciones 3:20 para hacerla: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo”.
El último día me fui al Museo Británico para ver el remodelado patio interior dedicado a la Reina Elizabeth II. Es la plaza pública cubierta más grande de Europa. En el centro de este patio cuadrangular, con su espectacular domo de cristal y acero, está el famoso Salón de Lectura. Virginia Woolf, quien lo frecuentaba, escribió: “Si la verdad no puede ser encontrada en los anaqueles del Museo Británico, dónde, me pregunto, está la verdad”. El tiempo apremiaba, ya que de allí saldría directamente hacia el aeropuerto. Sólo tuve tiempo para caminar por parte de la sala asiática dedicada al Budismo.
Caminé como nunca por todo Londres. Encontré una ciudad hermosa y mágica. De cualquier esquina se puede encontrar una madeja de hilo para tejer historia. A los británicos le cuesta ser expresivos pero han utilizado perfectamente la palabra para crear belleza, armonía y orden. Con el poder de la sabiduría han podido sostener siglos de rica historia.
Cuando estoy en un lugar y me da tristeza irme quiere decir que la he pasado muy bien. No quería dejar Londres. Después de cuatro días maravillosos, durante los cuales el tiempo esquivó temporalmente los esquemas de la mente finita, me había enamorado de ella. Tuve que pensar que en Nueva York me esperaban mis amigos para que les contara las anécdotas de este viaje relámpago.
¡Gracias infinitas al Amado Maestro Koot Hoomi, al Maestro El Morya, al Maestro Saint Germain y, por supuesto, a la Señora Majestic, Guardiana Silenciosa de Inglaterra, por una estadía real!