
CARACAS
1952
Tomado del libro “Una Vida Mas”.Esta vez me tocó nacer en Caracas, hijo de Nora Vásquez Toledo de Cedeño y de Rubén Abad Cedeño Herrá. Vi por primera vez la luz en la Clínica Simón Rodríguez, en medio de lo que hoy es la Avenida Bolívar, un día miércoles 21 de Mayo de 1952.
El primer lugar donde viví fue en el Prado de María, en la calle el Carmen letra “B”, frente a la Iglesia de la Virgen Milagrosa, donde mis padres se habían casado y me bautizaron.
Cuando nació mi hermano Eduardo y al año siguiente Leonardo, para aliviarle eltrabajo a mi madre, me llevaron a la casa de mi abuelo, de Mansión a Descanso N° 78, en el Guarataro, y allí me quede y fue donde me crié; la consideraba mi casa. Allí tenía las cosas que más quería, como mis juguetes favoritos, la ropa que más me gustaba y las imagencitas de mis Santos, que era lo más importante para mí. En esa casa, era completamente feliz, porque era toda para mí y nadie impedía que les diera rienda suelta a todas mis fantasías y juegos de niño, que no eran muy comunes.
La azotea de la casa era mi lugar favorito. Desde allí se divisaban, adornando el paisaje, las dos agujas de la iglesia gótica de Palo Grande. Allí me ponía a ver hacia el cielo y sin saber de la reencarnación, me ubicaba imaginariamente saltando por las gradas del Gath de Manikarnika en Benares, en India; otras veces podía ubicarme muy fácilmente sobre una balaustra de uno de los puentes del río Tiber, cerca del Vaticano en Roma.
En esa misma terraza a veces fungía de sacerdote, dando misas y haciéndole arreglos a una liturgia que inventaba y escribía en cuadernos, al mismo tiempo que organizaba fastuosas procesiones de santos con pequeñas andaderas que hacía con palos y tablas, colocándoles pequeñas imágenes de la Virgen María, que paseaba por todas las habitaciones de la casa dando bendiciones.Recordé siempre Egipto y el Río Nilo, el calor del desierto en las cercanías de Tel El Amarna, y decoraba las paredes con frescos alusivos a los dioses egipcios. Otras veces me solía colocar fantasiosamente en una montaña frente al Partenón para ver el atardecer dorando sus blancos mármoles. También tenía fantasías infantiles donde me ponía una capa y hacía alusiones a vivir junto a alguien así como el Rey Felipe II de España y lo consideraba el Rey del Mundo. Bernardette, con sus apariciones en Lourdes, era el ideal de vida, siempre fue una de mis heroínas.
Para entonces, estaba despertando a la vida y estas fantasías me duraron toda la niñez; y cuando comencé a salir por el mundo, pude descubrir que todos los lugares con los que soñaba, existían con exactitud en los sitios en que los pensaba.
Para sorpresa mía, cada vez que voy a Egipto recibo atenciones y soy tratado por la gente del pueblo como un egipcio más. Igual me pasa cuando estoy en la India, casi nunca tengo que pagar nada, todo me lo regalan, y una vez pregunté por qué y me dijeron porque era un brahmán. Nunca he estudiado italiano y la primera vez que llegué a Roma, lo hablé perfectamente. En un tren camino a Florencia, un toscano me dijo: “Su italiano es de lo más refinado y poético, con el acento como se hablaba en el siglo pasado.”
Mi mamá me cuenta que gateaba en forma de padmasana, una difícil postura yóguica hindú, y el primer carnaval que viví, teniendo cerca de un año, me pusieron mi primer disfraz que fue de hindú. Incluso Conny Méndez y Olga Pucci llegaron a ver y reconocer ese hindú que hay en mí, identificándole hasta su nombre.
Ya casi no se me ve ese hindú, aunque cuando voy a la India a veces me lo reconocen y mucha gente lo identifica y hasta por su nombre lo llaman. Generalmente trato de disimular, porque no me gusta mucho que se estén recordando de mi pasado. Ahora soy un ser occidental portando la enseñanza de esta era y de este hemisferio para el mundo. He insistido mucho en que el hindú quede en el pasado.
Cuando ya grandecito pude salir solo caminando por la calle, a eso de los 7 años, me escapaba a pie desde el Guarataro en la casa de mi abuelo, hasta la Plaza Bolívar, y allí me gustaba estar muchas horas contemplando La Gobernación, representación de La Llama Azul del Poder de Dios, la Casa Amarilla, símbolo de la Sabiduría Divina, y el Palacio Municipal, expresión de la Llama Rosa del Amor Divino, en síntesis de la llama Crística en el corazón de Venezuela. Me fascinaba oír allí la retreta de los domingos y sentirme venezolano cerca de las cosas que más amaba.
Tenía que convencerme que ahora era venezolano, ya que dentro de mí estaba ese hindú que se negaba a sentirse latinoamericano y que Conny siempre regañaba diciéndole: “Ahora eres venezolano y no eres hindú”.
Nunca he tenido clarividencia, revelaciones paranormales, ni de quién pude haber sido en vidas anteriores, pero no puedo negar lo que veo y siento con claridad dentro de mí, como estas imaginaciones de haber vivido en otros lugares lejanos a la Caracas, donde parecía tenía "una vida más".
Todo esto pasaba por mi mundo interior cuando era un niño y no sabía nada de historia universal ni geografía, ignorando dónde quedaban los lugares que imaginaba.
Lo que uno haya podido ser o crea haber sido en vidas anteriores, no tiene la menor importancia para el presente; uno es hoy más y mejor de lo que fue ayer. Para atrás no se debe ir ni para tomar impulso.
En la casa de mi abuelo, fundé un teatro de títeres con los muñecos que mi bisabuela Concha me hacía con retazos de trapo y les daba funciones a los vecinos, donde adaptaba las tramas de las óperas a los títeres. Un día me los botaron porque creían que me iba hacer daño en mi formación psicológica y sufrí mucho, porque quería a mis muñecos como si fueran personas, y después de eso, más nunca tuve un títere. Tal vez tenían razón, pero cuando me los botaron, quizás ya el daño estaba hecho.Con la ilusión de que fuera pintor, mi abuelo me compró una caja de pinturas al óleo. Sin nunca haber tomado clases de pintura, comencé a pintar y poco a poco fui sustituyendo los cuadros de cartón impreso de las paredes, por cuadros al óleo de mi creación. Cuando esto me fue insuficiente, comencé a pintar al fresco en las paredes como si fuera un pintor egipcio. Pinté en una madera un Judas que se ganó el Primer Premio Medalla de Oro en el Salón Fernando Valero del Grupo Escolar Gran Colombia. Sin saber, hice un cuadro con pinceladas parecidas a teselas, que después, cuando llegué a grande, descubrí que era la Emperatriz Teodora de Bizancio.
Siempre estuve seguro de no ir al servicio militar, ya que esto siempre me ha parecido una actitud muy agresiva de la conducta humana, que he rechazado rotundamente. Portar un arma de fuego es tener la posibilidad de convertirse en criminal, y prefiero morir antes que matar. También tuve muy claro que no me casaría ni tendría hijos, aunque a los niños los adoro, pero presentía que sería como un sacerdote; de hecho, pasé toda mi infancia preparándome para ingresar al seminario.Pasaba horas interminables oyendo misa en la iglesia de Palo Grande, contemplando la imagen de la Virgen de Lourdes del altar mayor y viendo los vitrales alusivos a la gruta de Lourdes, deseando conocer ese lugar algún día.
Me tomé la tarea de leer toda la Biblia y andaba con ella para todos lados. Ya un poco más grande, casi adolescente, cuando no encontré en los evangelios descrito el ritual de la misa, me decepcioné y dije: “Jesús no escribió la misa”, y comencé a simpatizar con los evangélicos, hasta que conocí la Metafísica con Conny Méndez.
Hoy en día sigo siendo católico, feliz de serlo, aunque he estudiado profundamente muchas otras religiones, como el Buddhismo, el Islam, el Hinduismo y el Judaísmo. Sé de todas las barbaridades que el Cristianismo ha hecho a través de la historia, no estoy ciego a esto, pero a la religión Católica la encuentro muy bonita y tan llena de significado a la luz de la metafísica, que me deleito en ser de esta creencia.
Aparte de las canciones de Conny, no conocía más música popular, ya que desde siempre mi papá solo nos ponía en el tocadiscos las óperas Tosca, Marina y Rigoletto, con intérpretes como Del Mónaco, Caruso y la Tebaldi, que eran los cantantes favoritos del momento y los que más le gustaban a mi papá. Cuando quería descansar de esto, entonces el menú musical eran canciones napolitanas, así que quedábamos más o menos en lo mismo.Todas las Semanas Santas, me enclaustraba en la Iglesia de San Juan, que quedaba a pocas cuadras de la iglesia de Palo Grande, lo que pasaba era que allí las procesiones eran mejores y me las gozaba como ninguna otra cosa en el mundo. Cada Viernes Santo iba a la procesión de la Iglesia de San Francisco para ver salir a la Virgen de La Soledad, ya que me fascinaba contemplarle el largo manto negro bordado en oro, con la exagerada cola que se le veía por detrás. Los Jueves Santos visitaba religiosamente los siete templos que era costumbre recorrer en la Caracas de aquella época. Soñaba con pasar una Semana Santa en Sevilla, y cuando lo hice a los cincuenta años, volví a sentirme un niño, esta vez corriendo detrás de la procesión de La Macarena.
Cada 19 de Marzo, me llevaban a la procesión de San José del Ávila, en la Abadía de San José, al pie del Cerro del Ávila, y ya esto era un anticipo a mi devoción al Maestro Saint Germain y a la localización de su Templo en ese sitio.
Cada 13 de junio, visitaba el Asilo de San Antonio para comer el Pan de San Antonio que allí regalaban, y existía la creencia que si uno lo comía y guardaba uno, nunca faltaría el alimento ni el dinero.
Así como todos los niños inventan amiguitos con su mente para jugar a solas, yo vivía hablando todo el día con la Virgen María. Fue la única compañía que me inventé. Con Ella iba al colegio y le consultaba todos mis problemas, y me imaginaba que me hablaba diciéndome todo lo que debía hacer. Esto me llevó a que en la escuela primaria donde estudiaba, el Grupo Escolar “Ramón Pompilio Oropeza”, en los Chaguaramos, fundara una organización llamada “Obras de Caridad de la Virgen María”, donde recogía dinero para darle comida a los pobres. De vez en cuando me paraba delante del aula y le repetía a mis compañeros las cosas que la Virgen María mandaba a decir. Todo esto armó tanto revuelo, que de la dirección llamaron a mis padres para decirles que ellos no estaban en capacidad psicológica para lidiar conmigo y que mejor me cambiaran de colegio, y así mi mama lo tuvo que hacer. Como estudiábamos los tres hermanos juntos, nos cambiaron a todos para el Grupo Escolar Páez, donde terminé la Primaria.
Recién inaugurado el teleférico del Ávila, mi abuelo me llevó a conocerlo. Más adelante, siendo ya un jovencito de 17 años, subía todos los días junto a mis dos hermanos, mis padres y Conny Méndez, a patinar sobre hielo en una moderna pista que allí había, a un paso del templo del Maestro Saint Germain. A Conny Méndez le encantaba venir a patinar sobre hielo con nosotros en el teleférico, porque decía que su maestro Emmet Fox se refería al patinaje sobre hielo como el deporte más espiritual que existía.Como a los doce años, quise estudiar música y el maestro Vicente Emilio Sojo, el Padre de la Música Venezolana del Siglo XX en Venezuela, me hizo el examen de admisión y me aprobó, lo que era un honor, y descartaba por completo aquella idea que me habían inculcado de que no servía para la música. Así comencé a estudiar Teoría y Solfeo en la Escuela Superior de Música, aunque después la profesora María Carrasquero me hizo cambiar a la Escuela de Música Juan Manuel Olivares, donde encontré la razón de mi encarnación.
Por la Radio Nacional siempre escuchaba el “Popule Meus” de José Ángel Lamas, obra sacra de la colonia venezolana, cantada por María Carrasquero. Me deleitaba oyendo las canciones de Ana Mercedes Asuaje de Rugeles, con letras del poeta Rugeles, cantadas por Fedora Alemán; otras veces, seguía atentamente las galas de los Premios Nacionales de Música, que siempre se los ganaba Blanca Estrella de Mescoli. Todo esto lo hacía sin saber que algún día toda esta gente tan famosa iba a pertenecer a mi círculo íntimo de amistades.
Dios me dio la bendición que María Carrasquero, la más grande experta del método contemporáneo de pedagogía musical Martenot, fuera mi iniciadora y tutora musical de siempre; también que la Profesora Rugeles fuera mi directora en la Escuela de Música Juan Manuel Olivares y luego, amiga y hermana espiritual entrañable, amistad que me ha durado hasta el presente; que Blanca Estrella, una de las más grandes compositoras académicas de Venezuela, fuera la persona que me pusiera a trabajar a su lado, como su asistente, en el Conservatorio de Música de Maracay. Con Fedora Alemán, la más famosa soprano y diva de Venezuela, entablé una dulce amistad a raíz de que todos éramos músicos y metafísicos.
En 1969, conocí a Conny y toda mi vida se transformó. Comencé a ser otro y descubrí lo que tenía que hacer en esta vida.
Como caraqueño, siempre he querido aportar algo a mi ciudad y al mundo, por eso he compuesto tantas obras con sabor nacionalista.
Desde que tengo uso de razón, visité la tumba del Doctor José Gregorio Hernández en el Cementerio General del Sur, y ha sido tanta mi impresión al saber su vida, que desde pequeño quise parecérmele; incluso me vestía con trajes negros tratando de imitarle. Años después, visité la Cartuja de Lucca en Italia, donde estuvo recluido.
Así fueron transcurriendo mis felices días en la casa de mi abuelo, hasta que se murió mi bisabuela, madre de mi abuelo, y la mitad de ese maravilloso mundo se me vino abajo. En 1975, cuando se murió mi abuelo, ese universo desapareció para siempre de mi vida, algo que lamenté demasiado. Al escribir en este momento sobre ello, me asalta una sentida nostalgia, porque realmente allí fui un verdadero niño feliz.
Seguí viviendo con mis padres en el apartamentico de la Urbanización Ruiz Pineda, que todavía conservamos, y desde allí he salido hacia el mundo a ver en la realidad y no en la imaginación, los Gath del río Ganges en India, las pinturas del Valle de Los Reyes a orillas de las aguas del Nilo, los puentes de Roma y a contemplar con estos ojos físicos los atardeceres frente al Partenón en Grecia. Hoy en día, vivo la realidad de las proyecciones imaginarias que hacía desde la entrañable azotea de la casa de mi abuelo, en aquel recordado Guarataro.