Rubén Cedeño

Los Niños

 


(Libro “Una Vida Mas”)

Desde pequeño, en la casa de mi abuelo, jugaba a que era maestro y ponía sillas vacías delante de mí y pasaba todo el día instruyéndole a unos estudiantes invisibles como si fuesen discípulos.

Siempre quise ser sacerdote, pero mientras me llegaba la edad, tenía que seguir haciendo mis estudios regulares. Así fue cómo al terminar la primaria, me inscribieron en la Escuela Normal Gran Colombia, ya que además de Sacerdote, me gustaba enseñar y ser maestro. Con la cabeza llena de ilusiones, entre ser un maestro enseñando por los pueblos del mundo o un sacerdote, sacaba ánimos para vivir y seguir existiendo, porque nunca me entusiasmó mucho el mundo en que veía que vivía la gente y su manera de ser.

Después de tres años en la Escuela Normal, fui sometido al Servicio de Orientación, donde determinados estudios psicológicos, decidirían si debía seguir allí y graduarme de maestro o continuar en un bachillerato corriente.

Los orientadores decidieron desorientarme y dijeron que era mejor que no estudiara en la Escuela Normal y que fuera a un bachillerato, ya que no servía para maestro. Aquí se me cayó el cielo, el sueño de mi vida me lo cambiaba alguien que no tenía que ver con el Plan Divino que Dios había diseñado para mí.

Por favor, les ruego a los orientadores que antes de determinar la profesión de una persona por los análisis que arrojan los exámenes que hacen, pregúntenle a esa persona qué es lo que quiere ser y respétenle su decisión, porque si yo no hubiera sido tan fuerte para imponerme como lo hice, me hubieran dañado mi vida para siempre. Aunque me gradúe de Profesor de Canto, todavía añoro tener mi humilde y glorioso título de maestro de la Escuela Normal Gran Colombia; si lo hubiera adquirido, hubiera evitado los dos años de infelicidad que pasé en el liceo posteriormente.

El mensaje oculto que me habían dado los psicólogos fue “que yo no servía para enseñar”. Tuve que pasar dos años en el Liceo de Aplicación, para concluir el bachillerato.

Estos estudios en el liceo, nunca me sirvieron para nada, con salvedad del Latín que me encantaba y me hacia renacer las fantasías de haber vivido en el Imperio Romano, y hoy en día no tengo trabajo al llegar a Roma, en leer en latín todo lo que se me antoje. El liceo fue mi época más triste de estudiante. A mí me preguntaban cómo estaba y yo decía: ¡Mal!

Bueno, todo no era tan malo, ya que para aquel entonces, estudiaba en la Escuela de Música Juan Manuel Olivares y Blanca Estrella me había puesto en su escuela de Música, a dar clases de Solfeo. Un día, Blanca se fue a Moscú para ser condecorada por el legendario compositor Aram Khachaturiam. Ella daba las clases de pedagogía musical a los maestros que se iban a graduar, precisamente en la Escuela Normal Gran Colombia, y no le encontró más remedio que mandarme para hacer la suplencia. Así resultó que del lugar de donde me habían sacado para que no me graduara de maestro, llegué a darle clases a los maestros.

Ésta fue una situación que me costó perdonar, pero ya está totalmente perdonada. Pudo más mi Plan Divino que cualquier decisión humana. Lo único que he hecho en toda mi vida, ha sido enseñar en todos los niveles, desde preescolar hasta universitario, y no solamente en Venezuela, sino en cerca de cincuenta y cinco países.

Blanca Estrella me nombró su asistente en el Conservatorio de Música de Maracay, donde pasé siete años dándole a cientos de niños, clases de Kinder Musical y Teoría y Solfeo a grupos de adultos.

También Blanca Estrella me consiguió que trabajara en cinco jardines de infancia del Instituto Nacional del Menor. Allí conocí a los mejores pedagogos de Venezuela, que para entonces eran supervisores y directivos de este gigantesco instituto gubernamental que cuidaba a la niñez venezolana. Esto lo cuento, porque con ellos aprendí a enseñar.

Un día, ascendiendo de la avenida Urdaneta por la subida de Gato Negro al Jardín de Infancia “Mireya Vanegas” para dar mi habitual clase de música, me detuve en una esquina, miré hacia el cielo y exclamé: “Amada Madre Kwan Yin, bendice mis manos, para que todos los niños a quienes les dé clases, sean bendecidos por ti”. Creo que Kwan Yin me escuchó.

El Colegio Calicanto y Alicia Navarro Steiner, fueron para mí muy importantes, ya que allí pude estrenar la única opera que he compuesto para niños, llamada el “Flautista de Hamelin”, basada en el famoso cuento alemán.

Abilio Reyes, el folklorista de Venezuela, murió repentinamente y todos me miraron como su sucesor. Inventaron hacer un espectáculo con diez mil niños en el Poliedro de Caracas en su homenaje y me nombraron el coordinador de semejante asunto. Dios y los maestros me hicieron salir exitoso. Hay que ver lo que significa dirigir esa cantidad de niños en edad preescolar. Esto hizo que me ganara comenzar a ascender en cargos de mayor importancia y que me fueran subiendo los sueldos dentro del Instituto Nacional del menor, hasta llegar a ser Director en el ámbito de toda Venezuela.

La única oficina que he tenido en mi vida, fue en el lugar más alto de Caracas, en el piso 43 de la Torre Oeste del Parque Central, cuando fui Jefe Nacional de Música del Instituto Nacional del Menor. Con este cargo, no le puse freno a mi imaginación y cada día vivía inventando cosas fantásticas para hacer con los niños.

Pensé que los niños podían aprender a rezar cantando y les compuse la ‘Misa de mi Tierra’, que se estrenó con la presencia del Presidente de la República Luis Herrera Campins y su gabinete, en la Iglesia de la Chiquinquira, en la celebración de la Apertura del Año Internacional del Niño 1979. Esta misa se ha cantado por miles de niños en el mundo entero.

Luego se me ocurrió que la historia de Venezuela se podía estudiar cantando y para el Bicentenario del Nacimiento de Simón Bolívar en 1983, hice la “Cantata Infantil Simón Bolívar”, que la cantaron por toda Venezuela más de cien mil niños. Ahora, la partitura de esta cantata se encuentra en el Museo de Simón Bolívar, en el pueblo de Bolibar (con `b´), en el País Vasco, de donde proceden los ancestros del Libertador.

Para que se aprendieran los niños la vida de Jesús, les hice el ‘Oratorio Infantil de Navidad’.

Cada año le componía a los niños un aguinaldo, y dentro de ellos estuvo “Que Navidad”, que se ha hecho muy famoso en la voz de la renombrada Mezzosoprano Morella Muñoz y está grabado en una compilación de discos compactos llamados “Lo mejor de la Navidad Venezolana”. Además de esto, cada año lo graba un grupo diferente; entre ellos estuvo la “Serenata Guayanesa” y el “Orfeon Universitario”. En el año 2000 fue grabado junto a otras canciones por la Presidencia de la República para obsequiarlo en un CD como regalo de Navidad.

Quería que Venezuela entera cantara para expandir por medio del canto ondas positivistas y de progreso. Hice que se fundaran Coros Infantiles de niños en edad preescolar por toda Venezuela. El que dirigía en Caracas con ayuda de muchas maestras y profesores de música, constaba de dos mil voces. Viajé por toda Venezuela dictando Cursos de Pedagogía Musical, haciendo feliz a la gente cantando.

Para esos niños que adoraba, les compuse y les grabé: la “Suite Abiliana”, las “Siete Canciones Japonesas para Niños”, “Diez Canciones Infantiles”, las “Canciones para Casa-Cuna” y “La Clase de Música”.

Con este coro de cientos de niños, nos presentamos en el Teatro Teresa Carreño, en la Catedral de Caracas, en el Teatro Nacional, en el Museo de Bellas Artes, en el Ateneo de Caracas y párese de contar. Desde 1996, el coro de los Jardines de Infancia del Instituto Nacional del Menor lleva el nombre de Rubén Cedeño.

Estudié profundamente las técnicas pedagógicas de Aula Abierta, Folklore, y los Métodos Martenot, Kodaly, Dalcroze y Willems. El Presidente del Instituto Nacional del Menor, me envió a Hungría a especializarme en el método Kodaly para niños, donde aprendí la técnica de cómo enseñar solfeo a los niños sin necesidad de pentagrama ni complicaciones. Esto lo aplique en Venezuela e hice que por todas partes los preescolares solfearan por medio del sistema manual de Kodaly.

Yo vivía rodeado de niños por todos lados; con ellos reía, gritaba, me revolcaba en el piso, y también les ponía orden a la hora de cantar y siempre me hacían caso, no importaba la edad ni la cantidad. Considero un galardón que un niño me escuche y se interese en una canción que le pueda cantar.

Un día, decidieron en el Instituto Nacional del Menor, que la música no era prioritaria en la educación de estos niños y después de catorce años de felicidad, cantos y sonrisas, me despidieron con una carta. Pero no me pudieron sacar del corazón de los niños. En cualquier parte a donde voy, siempre un niño entona una de las canciones que Dios me ha permitido componer y todavía, más de veinte años después, me siguen invitando a las presentaciones que se hacen en los teatros, de las obras que he creado para los niños.

Después de esto, Dios me permitió escribir para niños cerca de veinticuatro cuentos conteniendo instrucción espiritual de forma simbólica. Logré grabar en cassettes y ahora en discos compactos, casi todas mis obras, y allí están para beneficio de todos los niños del mundo. Recientemente, después de que regresé de Patára, donde vivió San Nicolás, escribí su vida como un cuento para niños. Luego lo grabé y en la Navidad del año 2001, fue radiado por muchas emisoras de Latinoamérica para el deleite de miles de niños.

Lo primero que hay que saber de un niño, es que no es un niño. Es un adulto, un ser humano con todo su potencial, pero metido en un cuerpecito que no le responde a lo que le gustaría expresar.

En los niños, se esconden toda la gama de los sentimientos humanos, bonitos y feos, pero con la inocencia de no saber ni tener criterio de lo que piensan ni sienten.

Jamás se debe subestimar a un niño por ser pequeño. Lo que más te agradece un niño, es que lo trates ‘de tú a tú’, con madurez y responsabilidad, y al mismo tiempo con alegría, simpatía, juguetonería y belleza.

Creo haber entendido a los niños bastante, pero lo que más me sorprende, es que ellos me hayan entendido a mí, estando ya tan grande.

En mi trabajo con los niños, me he dado cuenta que las Maestras, especialmente las de Preescolar, son grandes heroínas, que abnegadamente dan el todo por el todo por sus niños.
Dios bendiga a los niños y más aún a sus Maestras.

Para 1997, se publicaron “Los Cuentos de Rubén”, con 22 cuentos infantiles, “Las canciones de Rubén”, con 38 composiciones, y el libro “La Educación Total”, que es un Tratado de Pedagogía actualmente aceptado por la Gobernación de Córdoba en Argentina, para el uso oficial de los educadores de esa región.

Todo este aprendizaje, vivencias y roce con los círculos pedagógicos más grandes de Venezuela, me sirvió para durante años ir madurando y creando un sistema pedagógico para la enseñanza metafísica, que está publicado en el “Más Grande Tratado de Metafísica”, y es lo que se utiliza en cientos de grupos metafísicos de cerca de 20 países, como guía de sus actividades docentes.