Sebastian Wernicke

 

 

 

 

Sebastian Wernicke

CONOCETE A TI MISMO

 


Muchos templos del saber en la antigüedad tenían en sus puertas de entrada el mandato: “Hombre, conócete a ti mismo”. A esto es a lo que iban los estudiantes de los misterios de la vida: a aprender sobre ellos mismos, sobre el ser humano y la complejidad de sus relaciones. En los tiempos modernos, una buena parte de los seres humanos ha canalizado esta búsqueda a través de la psicología y la diversidad de terapias existentes. El motivo de esta búsqueda es, por supuesto, comprender las causas del sufrimiento, que ha usurpado nuestras vidas a través del temor, el odio, los celos, el orgullo, la agresividad y las diversas formas que adopta la falta de amor. La mayoría de las terapias, cursos y alternativas de ayuda que ofrecen al ser humano un medio para conocerse a sí mismo, son ofrecidos por personas que están lejos aún de conocerse a sí mismas, y solo buscan un medio de vida a través de esas actividades. Muchas de ellas se basan en que el conocimiento de uno mismo es una meta a alcanzar.

El conocimiento de uno mismo no sucede en el tiempo. Es instantáneo. Es observarse uno en el instante y ver Lo que Es. Y esto uno lo va viendo de instante en instante en el trabajo, en la casa, con los amigos, en las relaciones en general, observando los pensamientos y sentimientos en el momento en que afloran al relacionarnos con el mundo. Es un proceso que nunca acaba, ya que somos siempre cambiantes y nunca vamos a poder definir lo que somos, ya que si creemos que nos conocemos, eso que conocemos es parte del pasado, de lo que fuimos, no de lo que somos.

En ese proceso de conocerte, al ver lo que eres, estarás en capacidad de abandonar para siempre todo lo que no sea la Voluntad de Dios, todo lo que sea menor que la perfección. Por ejemplo, si en tu familia alguien hace algo y te enoja, solo estando bien atento y observándote en ese momento, te darás cuenta que el enojo y tú son una misma cosa, tú eres el enojo, no es culpa de tu hermano, eres tú, y como sabes que esa no es la perfección que Dios desea, podrás decirle a ese enojo, con absoluta tranquilidad y firmeza: ¡Vete de aquí! ¡Tú no tienes poder! Yo Soy el completo dominio y autocontrol de mi carácter y mis sentimientos solo encarnan el Amor Divino, la paciencia, la tolerancia y el Perdón.

Tú puedes pensar que el odio que sientes, los deseos de venganza, la antipatía, la crítica, los celos, la envidia, etc., son por culpa de otras personas que te han mentido, traicionado, dañado, insultado, o por cosas que hacen y crees que no están bien. La realidad es que esas personas son libres de hacer con sus vidas lo que quieran, pero nada de lo que hagan tiene porqué afectarte. Si te afecta es porque tú eres eso que sientes. Si no hay odio en ti, nada que otro haga puede despertar en ti el odio, porque no lo tienes, y aunque alguien te haga daño, lo único que sabrás hacer es perdonar.

Ya deja de echarle la culpa a lo demás por las cosas que te suceden, perdona y olvida para siempre cualquier cosa que te hayan hecho. Dile a toda persona que pueda necesitar tu perdón: “Te envío mi amor y mi perdón. Olvido para siempre lo que me has hecho y te envuelvo en mi círculo de Amor para bendecirte y para que prosperes”. Verás que comienzan a suceder milagros cuando hagas esto, y verás transformaciones milagrosas en las personas que perdones.

Abandona para siempre todo lo que no sea de Dios. Cualquier sentimiento o pensamiento que tengas, fíjate si te acerca a Dios, si te eleva, si es bueno para ti y para todos. No necesitas que alguien te lo diga. En tu corazón, tú sabes lo que es bueno. Y todo lo que no sea bueno, déjalo, apártalo de tu vida. No luches con el rencor, la ira o el miedo, solamente aparta tu atención de ellos y vuélvete hacia tu Poderosa Presencia Yo Soy. Cuando vivas anclado en la Presencia Yo Soy, te conocerás a ti mismo, ya que tú eres esa Presencia de Dios en Acción.