¡Tú no estás solo!


Juan Rodríguez

He observado que a nuestros grupos de Metafísica llegan muchas personas que se sienten muy solas. Aterrizan en los grupos buscando alivio a ese sentimiento de soledad que produce tristeza, desconcierto y hasta cierto grado de resentimiento. Algunas no están listas para recibir la Enseñanza y deciden buscar otros derroteros. Otras deciden quedarse al descubrir que, aunque el objetivo de los grupos no es socializar, las herramientas que se le ofrecen son tremendamente útiles para los retos que la vida le presenta. De todas formas, a la Metafísica llega gente por infinidad de razones y sería imposible enumerarlas todas.

Soy de los que en un momento de mi vida encontré cerradas todas las puertas hacia la felicidad. Me sentí muy solo y terriblemente vacío. Había pasado lo seis meses más angustiosos de mi vida y necesitaba urgentemente abrir una sola puerta que me condujera a respirar aire fresco. Me ahogaba, me afixiaba, y estaba totalmente consciente de que el resultado podía ser nefasto.

Mientras mi interior se revolvía, mi mundo exterior no podía ser mejor. Vivía en un cómodo apartamento cerca de Columbia University y tenía un trabajo bien remunerado, producto de una excelente educación universitaria. Deseaba hacer un doctorado en Trabajo Social y regresar a mi país a desempeñarme como profesor universitario. Tenía un plan bien organizado y unas metas bien claras. Nadie hubiese podido dudar que fallara.

La enseñanza que escuché en mi primera clase de Metafísica fue mágica. Cada palabra me hizo tanto sentido, que esa misma noche decidí quedarme para siempre. Todos los lunes esperaba con ansiedad el alimento que se me daba, convirtiéndose en el sostenimiento de mi vida durante una semana. Muchas fueron las noches que amanecí devorándome todos los textos que se recomendaban, los cuales conseguía con cierta dificultad. Ponía en práctica todo lo que aprendía, con frecuencia viendo los resultados inmediatamente.

El pasar del tiempo hizo que las tempestades de mi vida fueran desapareciendo. Los sentimientos que me perturbaban se esfumaron lentamente. Viví días muy difíciles, pero nunca nadie me prometió que había escogido un camino fácil.

Nunca me faltaron buenas amistades que alegraran mi vida. Mi vacío no se debía a la carencia de afecto o cosas materiales, sino a la falta de una enseñanza que me esclareciera los grandes misterios de la vida. Necesitaba desesperadamente aprender a vivir.

Lo primero que aprendí fue que mi mente había fabricado todas las experiencias negativas que atravesaba y, por consecuencia, no eran reales. Ellas respondían a una programación mental represiva, producto de las instituciones en las cuales me había desenvuelto desde pequeño. Esta primera enseñanza se convirtió en la primera pieza que encontré del complicado rompecabezas que tenía que armar. Todo es Mente; lo que tú piensas se manifiesta; aquello en lo que pones tu atención, lo atraes hacia tí; tu mundo exterior es un exacto reflejo de tus pensamientos.

La gente que se siente sola y se esfuerza por llenar su mundo de cosas materiales, nunca logra deshacerse de sus sentimientos de soledad. Para lograrlo, hay que tener claro qué es lo que hace falta y por qué se busca. Tú puedes disfrutar y tener todas las cosas materiales del mundo, pero sabiendo que son pasajeras y que nunca desenredarán los rollos que ha creado tu mente. Shakespeare lo comprendió perfectamente cuando dijo que la vida era un gran teatro donde todos nosotros éramos los principales actores.

La verdad es que nunca hemos estados solos. Dios siempre ha estado en nuestro interior. Lo que sucede es que no lo hemos tenido consciente porque nos enseñaron que estábamos separados por una distancia abismal. Que Él estaba en un lugar inalcanzable llamado “cielo”. Nos lo explicaron de esta forma para que le temiéramos y nos portáramos bien. El mundo siempre se ha confabulado para hacernos seres dependientes y temerosos. ¡Quiero decirte que esa no es la Verdad!

¡Dios está dentro de ti! Conoce todas tus necesidades y siempre te ha acompañado. ¡Dios es el sostenimiento de tu vida! Es lo que hace que tu corazón palpite rítmicamente y tu cuerpo físico funcione inteligentemente.

Has vivido engañado pensando que la soledad existe, lo que tampoco es cierto. Tú la has creado con la mente y le has dado vida. Por eso ella continúa expresándose en función de tus pensamientos y sentimientos. El día que le quites la atención, ella desaparecerá, como han desaparecido tantas cosas de tu mundo.

La soledad es un concepto que muchas personas utilizan para manipular condiciones, situaciones y seres humanos. Por ejemplo, se asocia con la edad y la vejez, pensando que después de cierta edad vamos a estar “viejos y solos”. Los padres la utilizan para que sus hijos siempre vivan con ellos, sin importar el estancamiento que pueda producir en sus vidas. Se utiliza también para justificar los sacrificios que se hacen para tener una pareja sentimental. En fin, se utiliza como una gran excusa para todo.

Dentro de poco voy a cumplir 40 años, y me he visto forzado a hacer una reevaluación de lo que han sido cuatro décadas llenas de tantas vivencias. Ha sido hermoso mirar retrospectivamente mi vida y salir airoso de tan peligrosa tarea. No hay remordimientos. Ya no añoro tener otra edad, ni ser más joven. He logrado muchas metas con la ayuda de incontables seres que he encontrado en el camino, desde mis padres hasta seres que nunca he visto en mi vida. Me siento un hombre pleno y maduro. Tengo los mismos deseos de superarme y aprender que tuve el primer año que pisé un salón de clases universitario.

¡Yo nunca estuve solo! Aquellas etapas de desasosiego que atravesé fueron producto de la ignorancia y la carencia de esta Enseñanza que ahora tengo y comparto diariamente con todos los seres que me rodean.

¡Tú tampoco has estado solo! Pero le has permitido a tu mente crear un estado de aparente soledad que ha nublado temporalmente tu verdadero camino. El día que puedas despejarlo, te encontrarás en el portal que conduce al descubrimiento de tu verdadera naturaleza. Allí también te espera la felicidad que tanto has buscado.


¡Gracias Padre!