MAGISTRAL ACTITUD

Los sueños se hacen realidad. Por fin estaba en Keops, la Gran Pirámide. Desde que comencé en la Metafísica y tuve conocimiento del Amado Maestro Serapis Bey, supe que ese momento lo tenía destinado. Ni siquiera tenía en mente cómo llegar al lugar, no obstante, lo energizaba constantemente, con decretos y visualizaciones. El estar en aquel sitio tan visitado por tantos turistas del mundo, lo hace aún más atractivo, porque todos llevamos la curiosidad de ¿cómo serán realmente las Pirámides?, ¿que se sentirá al penetrarlas?, ¿pasaré la gran prueba o no? Gracias a las clases con el grupo interno, teníamos un cierto conocimiento de ellas, ya que con todo amor y paciencia, se nos reunía gustosamente a enseñarnos y explicarnos los videos de Egipto, y por supuesto de Keops, la Gran Pirámide.

En realidad la enseñanza recibida por años había forjado en el grupo, un conocimiento que nos hacía comprender y concienciar todo el proceso y la disciplina que debe desarrollar todo discípulo que pide la ascensión. En el año 1992, fui invitado a viajar a Egipto con un grupo de estudiantes que tuvieron la oportunidad de ir para ese entonces. Respondí que todavía no me sentía preparado para realizar un viaje de tanta envergadura. Tal preparación no era simplemente tener los requisitos físicos para el viaje como el dinero, o el conocimiento del lugar; era esa preparación interna como el haber vivenciado, procesado y extraído de esas vivencias, excelentes resultados, para calificar internamente para la ascensión.

Pasó el tiempo y comenzaron a suceder en mi vida muchísimas cosas, al extremo que en una oportunidad le notifiqué al grupo, el deseo de irme de la Metafísica si consideraban que mi presencia los afectaba, ya que un discípulo y una muy vieja discípula de la Metafísica para ese entonces, consideraban que mi participación en el grupo podía ser perjudicial, porque me calificaban de inmoral y por lo tanto, no digno de entrar al reino de los Maestros Ascendidos.

Realmente esto me turbó terriblemente y le hice saber a Rubén que lo que menos deseaba era perjudicarlo, y que por esa razón, sentía que debía irme de la Metafísica. Él, sorprendido por mi planteamiento me respondió: «Miguel Martínez, no seas tan pendejo. Esas son las fuerzas contrarias que buscan las formas para joderme. No le hagas caso a esos comentarios. Sigue tu trabajo como lo estás haciendo, que todos esos que hablaban mal de ti, lo que desean es lograr precisamente afectarte, atormentarte. Todos los que te califican, lo hacen porque no están claros en sus asuntos, y mucho menos en su identidad, y proyectan lo que ellos son, en ti.

A los Maestros no les interesa ese tipo de comentarios, sino el trabajo sincero y constante que hacen los alumnos. Recuerda todo lo que dice la humanidad de la Magdalena, que si fue puta y otras cosas más. Sin embargo, mientras todos la condenaban ella vivía en santidad, asunto que la humanidad inconsciente e ignorante no entiende, y lo que hacen es atacar a los demás, mientras que su verdad es que se convirtió en una Santa.

El comprender todo este asunto fundamentalmente hizo que me fortaleciese aún más en la instrucción, y al darme cuenta de lo incongruente de las vidas de esas personas que me calificaban, entendí que en realidad me hacían un favor con todas las inmundicias que hablaban de mí, porque lograban de esa forma que edificara una enseñanza con unos pilares mucho más sólidos que antes, y por supuesto, si era una prueba, que la pasara airosamente.

No obstante, en ningún momento dejé de invocar la Llama de la Ascensión y a diario pedía la purificación de todas las energías discordantes que me afectaban, logrando internalizar la situación, reconociendo que en vez de ponerme a discutir posiciones con esas personas, lo más importante era soltar el asunto, perdonarlos, y extraer todo el bien de esa situación, dejándosela a Dios.

Al terminar con ese tema, ya tenía otro que resolver, pero no desmayaba. Seguía con la fe puesta en que todo ya estaba nuevamente resuelto. Al activar esa Bendita Llama de la Ascensión se acelera el plan de vida; comienzas a demandar más karma del que te corresponde, por tan sólo demostrar que tienes toda la capacidad para resolver las cosas. Sin duda, Dios no te manda algo que no puedas soportar.

Nos encontrábamos en el Mena Huose Oberoi, uno de los hoteles de más prestigio y lujo de Egipto. Habíamos sido despertados a muy tempranas horas de la mañana para desayunar e irnos directamente a la gran Pirámide. Sin embargo, la preparación no terminaba, ya que había que tener sumo cuidado con la alimentación, para estar en perfecto estado, evitando cualquier descompensación del vehículo físico. Mis nervios se acentuaban cada vez más, pero insistía en polarizarlos y decretaba:

«Amado Maestro Serapis Bey: que no sufra ningún tipo de alteración en mis vehículos que me impida pasar esta prueba. «Yo Soy» un punto de Luz viviente que disuelve y asciende toda imperfección. Gracias Padre porque así es.»

Ya nos encontrábamos al pie de aquella majestuosidad. Una vez más, recibíamos una magistral explicación. Por fin ya había entregado la entrada al guardia y penetraba en la Gran Pirámide. Todos nos conducíamos con el mayor de los cuidados para no hacer bulla en el lugar. Estaba detrás del representante del grupo de Nueva York, quien iba transmitiendo los decretos que hacían los que iban primeros en la fila. De pronto, al concienciar el asunto realmente y darme cuenta que estaba encorvado, que no podía enderezarme, ni levantar la cabeza porque podía agredirme, que no podía reclamar, que no me podía alterar por nada; y lo que fue más fuerte aún, el detenernos por unos segundos para darle paso a las personas que ya venían de regreso, pensé que me iba a morir sin oxígeno, sentí deseos de salir desaforadamente del lugar; en verdad era terrible.

Por instantes lograba respirar profundamente manteniendo el equilibrio total de mis vehículos, cuando de repente sentí que me trasladaba en conciencia a la más terrible experiencia que me ha tocado enfrentar en la encarnación, que por supuesto, ya está purificada y ascendida. Revivía la escena en aquel calabozo donde había estado recluido por unas horas, con setenta personas en un recinto de unos tres metros cuadrados aproximadamente. Ahora me encontraba en condiciones superiores, y no podía entender por qué llegaba a mi mente aquel asunto ya extinguido para siempre. Y sintiendo que el oxígeno me faltaba en los pulmones, vivenciaba aquella noche donde experimenté que mi ego moría, que se extinguía para siempre.

Por segundos intuí que estar en la Pirámide después de haber sobrevivido a tantas pruebas, me recordaba una vez más, que debemos morir a toda ilusión, a todo aquello que pretenda hacernos creer el mejor, el más destacado, el que mejor edita libros, el que mejor escribe, el creerse el discípulo más entregado y hasta renunciar a uno mismo, a su ego interior, a enojarse por cualquier tontería, y si uno reconoce que en verdad debiera molestarse, renunciar también a hacerlo, mientras que ese yo soterradamente lo engaña a uno haciéndole creer que tiene la razón, y hasta sentir que es el insigne discípulo y merecedor de grandes ofrendas.

Todo esto me enseñaba que lo más importante ante toda situación que pretenda alterarnos es bajar la cabeza, porque cada vez que la bajamos y vemos el piso, desarrollamos humildad, tolerancia, y nos damos cuenta que no somos nada ni nadie, porque cuando vivimos altivos, prepotentes, con la cabeza levantada, creyéndonos mejor que Fulano, estamos alimentando el cuerpo astral inferior, donde se deposita toda la vanidad y prepotencia que nos engaña, haciéndonos creer y sentir importantes. Mientras que al inclinarnos y observar el piso que pisamos, si hacemos conciencia de eso, logramos equilibrar nuestros cuerpos y dejar que nuestro ego cese, para que la Luz del Cristo se manifieste en equilibrio en el momento en que transitamos ese pasillo, que no es otra cosa que el transitar el sendero de retorno a Dios, en armonía, porque al Padre hay que llegarle inclinado para luego poder levantar la cabeza y dar gracias.

Una vez más, la vida me ponía en condiciones donde el cuerpo tiene que ser equilibrado, donde la personalidad no tiene poder, para que solamente lo ejerza la esencia del Ser. Entendía que ese pasillo que se escalaba agachado, representaba en mí, todas las veces que he tenido que agachar la cabeza, doblegarme, y ser la misma tolerancia ante las cosas y las personas, el quedarme callado cuando tenía la razón, el aceptar situaciones que pensé que iban a ser muy fuertes para mí, pero que tuve que dejar pasar; eso era Keops en aquel instante.

En momentos vinieron a mi mente las palabras de Rubén que en una oportunidad me decía: «Miguel, lo importante es, que cuando pasen cosas desagradables y se logre salir de ellas por haber comprendido el sufrimiento y el por qué nos pasaron, mantengamos siempre esa actitud de humildad que asumimos en el momento para salir a flote del problema. Mientras que aquellos que no lo hacen, se les olvida y vuelven a ser los mismos. Qué importante es siempre tener en mente esa actitud de humildad y tolerancia ante la vida, para que las leyes no se reviertan contra la misma persona.»

Sin embargo, estaba seguro que el haber podido llegar físicamente al lugar, era la prueba más fehaciente de haber vencido los obstáculos en la vida, que no es otra cosa que el sendero espiritual, porque no hay espacio sin sendero, porque nunca se podrá fragmentar la vida, ó sea, la vida espiritual de un lado y la vida mundana de otro. Cuando conciencias la vida sin división, comprendes que si estás en un viaje espiritual, también estás en el mundo; no hay diferencia.

Por eso entendía que la gran Pirámide es la vida en equilibrio, recordándonos que siempre tendremos que inclinarnos. Que si tenemos un jefe que aparentemente nos hace la vida imposible o unos empleados que nos roban el dinero, y en vez de comprender el asunto y tolerar la situación nos llenamos de ego diciendo: «A mí nadie me llama la atención, a mí nadie me manda, ¡no señor! A mí nadie me trata de esa manera; a mí nadie me quita lo mío. Mañana mismo me voy y busco otro empleo, o boto a esos empleados», seguro es que conseguiremos otro empleo con un jefe peor que nos hará la vida de cuadritos, o tal vez un personal menos calificado que el que teníamos, hasta que comprendamos que tenemos que bajar la personalidad, que lo más importante es corregirnos antes de tomar decisiones, que lo único que van a generar es atraso y fortalecer nuestros errores.

Al salir de la Gran pirámide comprendí que más de una vez había estado en ella. Entendí que allí había estado en todas las situaciones de adversidad enfrentadas y vividas, donde se habían manifestado la Luz del «Yo Soy» sin intermediarios astrales, como el tener que consultar las cartas o una línea psíquica para saber qué se debe hacer en determinado momento; cuando en verdad el «Yo Soy», el único intermediario que necesita es el Cristo, que es en esos instantes fuertes de la vida, la luz de la conciencia o el discernimiento en la situación. Al otorgarle el poder al «Yo Soy» y asumirlo como uno mismo actuando, con la convicción de que ese poder emana de uno solamente, uno tiene la potestad para ejercerlo, y entraremos a la Cámara del Rey, donde siempre seremos llevados, una vez que pasemos la prueba bajando la cabeza, que no es otra cosa que el extinguir el ego, para poder así equilibrar la personalidad, y dejar a flote la esencia de nuestro verdadero Ser.

Miguel Martínez

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